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El auge de la corrupción, o el modo de producción capitalista totalitario

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Es una inquietante paradoja. Al mismo tiempo que muchas sociedades árabes y norteafricanas se están desembarazando de sus tiranos (acusados igualmente de corruptos), en Europa el avance de la corrupción y del totalitarismo parece imparable. Su empuje ha sido suficiente para alcanzar a personajes como Iñaki Urdangarín o Carla Bruni, muy próximos a las jefaturas del estado y por tanto los últimos que debieran corromperse. Y ha llegado aún más lejos, implicando al propio presidente alemán, que además ha hecho todo lo posible por ocultarlo cuando su difusión pública ya era del todo inevitable.

Los vínculos entre la corrupción y el poder no son precisamente nuevos. Ya en 1887 un historiador inglés, el Barón de Acton, acuñó su célebre aforismo: “el poder corrompe”. Y al escritor irlandés George Bernard Shaw (1856 -1950) se le atribuye otro más divertido, pero igualmente taxativo: “a los políticos y a los pañales hay que cambiarlos con frecuencia…y por las mismas razones.”

Las interpretaciones de este fenómeno son diversas, aunque las más extendidas son dos. Como nos recuerda José Manuel Naredo, para algunos (especialmente los partidos políticos) la corrupción es un fenómeno extraordinario y circunscrito a las actividades ilícitas de individuos o pequeñas redes concretas, cuyos efectos sobre la solidez de la vida democrática son también puntuales y muy limitados, y pueden ser contrarrestados por la acción judicial. Para otros el problema es bastante más grave porque implica la corrupción de la democracia misma, lo que exigiría no sólo su persecución legal sino también importantes reformas institucionales.

De cualquier modo, ambas visiones poseen un elemento en común: presentan el problema como una anomalía del sistema. Sin embargo, desde mi punto de vista, la corrupción y el delito son consustanciales al desarrollo del capitalismo. Y sobre ese desarrollo hace no menos de una década que las comunidades historiográficas, como Historia a Debate, discuten si la conclusión de la Guerra Fría y la consiguiente Globalización (del capitalismo) podrían suponer también el final de la Edad Contemporánea y el inicio de una otra etapa de la historia.

Hasta ahora he sostenido que continuamos en la Edad Contemporánea. Ésta se abrió con el triunfo (económico, social y político) de la burguesía capitalista sobre el Antiguo Régimen, y con las transformaciones que tal victoria supuso. Y lo sucedido desde 1989 hasta hoy no ha modificado un ápice su hegemonía, sino todo lo contrario. ¿Qué ha cambiado entonces para pensar que hemos entrado en una “nueva historia”?

Marx y Engels, los mejores estudiosos del capitalismo, creyeron hace más de siglo y medio que el nacimiento de un nuevo modo de producción, otra “fase” de la historia, sucede cuando el desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas exige un nuevo marco político y jurídico, dado que el anterior comienza a ser un obstáculo: es el momento de las revoluciones sociales. Esta interpretación parece muy apropiada para comprender el movimiento de los Indignados. Pero el proceso que permitió a Marx y Engels elaborar su teoría sobre el cambio histórico fue, más que ningún otro, la experiencia de las burguesías europeas del siglo XIX.

Sin embargo, su enfoque, aunque pone el acento en la actividad transformadora de las clases sociales revolucionarias (y no en un desarrollo mecanicista de la historia) al día de hoy no ha podido confirmarse una sola vez más. Así, la revolución proletaria debió producirse en Gran Bretaña, donde la industrialización había alcanzado a comienzos del siglo XX su máximo apogeo, y con ella la clase trabajadora. Pero no fue así: se materializó en la Rusia zarista, una sociedad precapitalista y marginal en el desarrollo de la producción industrial y del modelo de relaciones sociales que ésta había traído consigo.

Sin duda fue un fracaso teórico de Marx y Engels. Después vendría el fiasco práctico del movimiento comunista internacional, dirigido por la URSS de Stalin, no sólo para acabar con el capitalismo, sino también para librar al proletariado de la tiranía allá donde pudo hacerlo libremente: en el mismo bloque soviético.

No obstante, es muy probable que los creadores del materialismo histórico estén a punto de acertar, nuevamente con la burguesía, que al fin y al cabo fue “su especialidad”. La globalización del capitalismo, el actual desarrollo de la oligarquía capitalista mundial está exigiendo y construyendo un nuevo marco de relaciones sociales, un nuevo modo de producción. El proceso comenzó en el ámbito de las relaciones internacionales, con la génesis de un nuevo imperio, como nos advirtieron hace poco más de diez años Michael Hardt y Antonio Negri, por citar sólo un ejemplo. Y, desde entonces, el Pacto de las Azores de 2003 ha sido uno de los mayores ejemplos de corrupción de derecho internacional que se hayan conocido.

Efectivamente, desde este punto de vista lo que estamos denominando “corrupción”, no es otra cosa que un síntoma: el Estado de Derecho le impone demasiadas restricciones a los dueños del capitalismo mundial, entra en colisión con la dictadura global que están levantando. El manifiesto aumento de la corrupción en Europa es la prueba del avance de un nuevo modo de producción. Su hegemonía se hace patente en los dirigentes de la UE, que han dado la espalda a los ciudadanos, al menos desde el difícil proceso la aprobación de la “nueva constitución europea”. Pero también es evidente en países enteros, como Italia, o comunidades autónomas (como la valenciana) y decenas de municipios de España. En todos esos lugares la corrupción se ha revalidado en las urnas, mostrando hasta qué punto ya se ha instalado en la vida cotidiana, y en los intereses y conciencias de amplios sectores sociales.

Así, sería un error atribuir a su desvergüenza el desparpajo con que se desenvuelven los corruptos, o los que sin llegar a serlo (por el momento) han perdido su honorabilidad, por mucho que la reclamen. Es mucho más sencillo que eso; lord Acton lo dejó muy claro en la segunda parte (menos conocida) de su sentencia: “…y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

En 1848 también Marx y Engels afirmaron, desde su dialéctica de raíces universales, que “toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases”. Es indudable que el capitalismo global ha generado su clase contrapuesta, que se inició como movimiento altermundista, y hoy está madurando en los “Airados” árabes y en los Indignados occidentales, con sus logros y fracasos. Queda mucho camino por recorrer, pero la confrontación ya ha empezado. Y se me antoja que solamente la derrota del nuevo modo de producción capitalista totalitario dará paso a una nueva etapa de la historia, de nuestra historia.

Las Palmas de Gran Canaria, febrero de 2012.

Comentarios»

1. Nabil - 22 febrero, 2012

Me gustaría dar la referencia de un vídeo en donde se realiza un análisis crítico de la situación griega que relaciona la corrupción con la coartación de libertades, yo lo veo bastante crítico, por muy catastrófico que suene: http://www.youtube.com/user/mundodesconocido#p/u/5/Vc01H_-wOnc


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